La fuerza de las palabras
Qué y cómo lo hacemos puede ser la clave
“…Habla cuando tus palabras sean tan
dulces como el silencio…”
Hermosa frase que no siempre podemos cumplir.
Igual siempre con esto me quedo pensando que no siempre el silencio es dulce y no siempre sería necesario que las palabras sean dulces.
Ingresando a cierto análisis preferiría distinguir entre palabras dulces y decirlas con dulzura.
Hay palabras dulces que suenan como lija e insultos que nos hacen reír.
Una psicóloga a la que aprecio mucho me decía siempre que la diferencia está en el qué y cómo. No es qué se dice sino cómo se dice. Lo pongo en práctica y es así. No son las palabras las que lastiman sino cómo se dicen.
Hermosa frase que no siempre podemos cumplir.
Igual siempre con esto me quedo pensando que no siempre el silencio es dulce y no siempre sería necesario que las palabras sean dulces.
Ingresando a cierto análisis preferiría distinguir entre palabras dulces y decirlas con dulzura.
Hay palabras dulces que suenan como lija e insultos que nos hacen reír.
Una psicóloga a la que aprecio mucho me decía siempre que la diferencia está en el qué y cómo. No es qué se dice sino cómo se dice. Lo pongo en práctica y es así. No son las palabras las que lastiman sino cómo se dicen.
Y es importante que aclare que no sólo
hablan las palabras. Lo hace nuestra mirada, nuestros gestos, la postura.
En ocasiones no nos fijamos cómo le hablamos a los niños, a nuestros hijos.
Ellos están atentos a cada movimiento nuestro porque ellos los definen, les dicen quienes son, qué se espera de ellos.
Y no es por esto que definamos sus vidas, pero sí que debemos guiarlas. Ellos necesitan nuestras guías para sentirse fuertes y seguros.
¡¡¡Mamá mira!!! Repiten una y otra vez…casi hasta el agotamiento, buscando el límite de lo humano. Y allá vamos, a observar cómo se sumergen en el agua 1 segundo más que la última vez. Esperan nuestra aprobación y felicitaciones. Papá vení dicen, justo cuando estaban a punto de descansar… y allí van los padres abnegados con la seguridad que si comparten la última pequeña novedad quedará registrado en sus almas de adultos.
Y así es…todo queda registrado. Nada se pierde. El saludo de la mañana no sólo con un “hola” sino también acompañado por una mirada de amor, con una caricia. Con aquellas pequeñas cosas que cada uno pueda dar para decir que es bienvenido a la vida, que es una alegría tenerlo.
Tal vez la rutina y las dificultades pueden resultar pesadas y nuestros cuerpos lo dicen pero ellos no tienen la culpa. Ellos nos dan fuerza para cambiar, para hacer y vivir. Hagámoselo saber.
Tengamos en cuenta que aquello que repetimos una y otra vez (qué) con una determinada forma (que se asocia al cómo) posee la fuerza de esculpir. Termina transformándose en lo que decimos.
Experiencia:En ocasiones no nos fijamos cómo le hablamos a los niños, a nuestros hijos.
Ellos están atentos a cada movimiento nuestro porque ellos los definen, les dicen quienes son, qué se espera de ellos.
Y no es por esto que definamos sus vidas, pero sí que debemos guiarlas. Ellos necesitan nuestras guías para sentirse fuertes y seguros.
¡¡¡Mamá mira!!! Repiten una y otra vez…casi hasta el agotamiento, buscando el límite de lo humano. Y allá vamos, a observar cómo se sumergen en el agua 1 segundo más que la última vez. Esperan nuestra aprobación y felicitaciones. Papá vení dicen, justo cuando estaban a punto de descansar… y allí van los padres abnegados con la seguridad que si comparten la última pequeña novedad quedará registrado en sus almas de adultos.
Y así es…todo queda registrado. Nada se pierde. El saludo de la mañana no sólo con un “hola” sino también acompañado por una mirada de amor, con una caricia. Con aquellas pequeñas cosas que cada uno pueda dar para decir que es bienvenido a la vida, que es una alegría tenerlo.
Tal vez la rutina y las dificultades pueden resultar pesadas y nuestros cuerpos lo dicen pero ellos no tienen la culpa. Ellos nos dan fuerza para cambiar, para hacer y vivir. Hagámoselo saber.
Tengamos en cuenta que aquello que repetimos una y otra vez (qué) con una determinada forma (que se asocia al cómo) posee la fuerza de esculpir. Termina transformándose en lo que decimos.
Mis papás solían decirme que tenía mal carácter. De chica no entendía a qué se referían. No sé si habré preguntado. Pero era realmente algo que me incomodaba escuchar, no sabía que tenía que hacer para tener un “buen carácter” que a ellos les agrade.
De adolescente lo seguía escuchando y pude llevar esta preocupación a terapia. Comencé a observar que me decían esto cuando discutía con ellos acerca de algún tema que les molestaba.
Eran temas que en general a mi me irritaban, entonces hablaba y hasta gritaba con pasión.
En general no había acuerdos y todo terminaba en un portazo.
Comencé a ver entonces que lo que ellos no comprendían es que estaba marcando una posición en la vida muy diferente a la de ellos (no implica ni mejor ni peor) y mi supuesto mal carácter era una demostración de una fuerte personalidad.
Si no hubiese transitado por terapia tal vez hubiese comenzado a ser más sumisa para asegurarme agradar. ( A muchos les hubiese convenido, jaja!)
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