Los papás piden perdón
¿¿¿Te parece??? ¡Mis viejos jamás lo
hicieron!
Es habitual que recarguemos tintas sobre
la educación, los docentes, las escuelas, los días de clase, los
feriados…y…¿¿¿La educación en casa???
Hay familias que habitualmente reflexionan acerca de su quehacer como padres, teniendo una mirada crítica constructiva acerca de este quehacer tan complejo. Esta crítica constructiva sería aquella que permite hacer y en ese hacer humano puede estar implicado un error producto de desinformación, ansiedad, mal humor, etc.
Luego de este “error” se permite enmendar a través del diálogo, cambio de actitud incluso por qué no pedido de disculpas. ¿¿¿A los hijos??? Me preguntará algún padre sorprendido. ¡Sí! ¡Claro! De la misma manera que en muchos momentos a diario imparto mi autoridad con muchas órdenes que no se pueden negociar, otras a veces. De esa misma forma que pido me respeten y cumplan con las obligaciones que se les solicita. Con ese mismo tipo de acuerdo implícito que hace a la relación filial es que voy a pedir disculpas.
¿Implica demostrar falta de autoridad? No.
¿Implica que no soy perfecto? Sí, qué bueno. Somos alcanzables. Pero ¡¡¡cuidado!!! Pedir disculpas es más importante de lo que suponemos. ¿Por qué? Porque vamos a explicar por qué nos equivocamos. Qué nos pasó, que supusimos y no era así, por qué reaccionamos mal, etc. Obviamente cabe aclarar que no hago referencia a escenas de maltrato psicológico ni físico en ningún orden. En este escrito me remito a las familias convencionales.
Cuando esto es habitual en el código familiar las disculpas y la explicación no duran más de unos minutos (cortos) y se pasa a otro tema.
Al hacerse esto algo rutinario incorporado a nuestro orden familiar, una forma más de comunicación nos ponemos sobre el tapete, qué quiero decir con esto…que estoy vulnerable a la mirada del otro y en este caso ese otro es nada más ni nada menos que mi/s hijo/s. Exige entonces de mi parte una autoridad más firme. ¿La autoridad de decir SI/NO? No, esa que es fundamental, que nos permite acercarnos cuando es posible, jugar, hacer chistes, ponerse a la par y en 5 segundos tener la capacidad de cambiar de rol. Volvernos papás fuertes e intransigentes.
¿Ejemplo concreto? Domingo a la mañana los chicos pequeños se pasan a nuestra cama. Comenzamos a jugar, cosquillas, chistes, risas, pasan los minutos y los niños comienzan a no poder controlar los impulsos. Comienza un poco de descontrol y en ese momento sin darnos cuenta una cosquilla fue más fuerte y los pellizcamos. ¡Llanto! Nos puede hacer sentir mal, nos damos cuenta que se nos fue la mano. ¡Uh! ¡Perdón hijo! ¡Se me escapó! Puede suceder una respuesta con intenciones de culpa… ¡Ah! ¡No! ¡¡¡Vos siempre me hacés lo mismo!!! ¡¡¡Ahhhhhh!!! ¡¡¡Sos malo!!! Tenemos dos posibilidades de reacción: “No, hijo, perdón, fue sin querer…beso, beso”…etc.…que nos deja en ese lugar de la culpa y en supuesta falta o la segunda que puede ser más enriquecedora para ambos: Bueno, ya te pedí disculpas, fue sin querer. Estábamos jugando. En otro momento te puede pasar a vos. Y hacer caso omiso al llanto, pararse, salir de esa escena y cambiar de tema. Punto.
Este por supuesto es un ejemplo muy sencillo y casi habitual a fines didácticos pero según los momentos familiares, los contextos y las edades pueden observarse más complejos.
La autoridad es fantástica, porque quiere decir que sé de algo. Si voy a una conferencia espero que la persona que la imparte “tenga autoridad” para hacerlo, quiere decir que espero que sepa de qué va a hablar y me resulte interesante. Voy porque confío que van a guiarme para aprender algo más. Si en cambio voy y resulta que el profesor dice, “miren, la verdad no sé muy bien por qué me invitaron, yo pasaba y me llamaron, leí algunas cosas pero”… Esa escena me resultaría decepcionarte, dejaría de confiar en esa institución que lo convocó y obviamente en la persona, posiblemente comenzaría a dudar cuando me anote en alguna otra.
Pero si en cambio ese profesor comienza a hablar, aprendo cosas, me capta la atención, hace callar en forma respetuosa a los que conversan y harían que otros no podamos escuchar, veo que es interesante y en algún momento dice, uh! Perdón, me equivoqué en el dato este. No me va a resultar significativo, tomaré nota de la corrección agradeciendo que se haya tomado la molestia de corregir algo que seguramente sino hubiese aprendido mal.
Hay familias que habitualmente reflexionan acerca de su quehacer como padres, teniendo una mirada crítica constructiva acerca de este quehacer tan complejo. Esta crítica constructiva sería aquella que permite hacer y en ese hacer humano puede estar implicado un error producto de desinformación, ansiedad, mal humor, etc.
Luego de este “error” se permite enmendar a través del diálogo, cambio de actitud incluso por qué no pedido de disculpas. ¿¿¿A los hijos??? Me preguntará algún padre sorprendido. ¡Sí! ¡Claro! De la misma manera que en muchos momentos a diario imparto mi autoridad con muchas órdenes que no se pueden negociar, otras a veces. De esa misma forma que pido me respeten y cumplan con las obligaciones que se les solicita. Con ese mismo tipo de acuerdo implícito que hace a la relación filial es que voy a pedir disculpas.
¿Implica demostrar falta de autoridad? No.
¿Implica que no soy perfecto? Sí, qué bueno. Somos alcanzables. Pero ¡¡¡cuidado!!! Pedir disculpas es más importante de lo que suponemos. ¿Por qué? Porque vamos a explicar por qué nos equivocamos. Qué nos pasó, que supusimos y no era así, por qué reaccionamos mal, etc. Obviamente cabe aclarar que no hago referencia a escenas de maltrato psicológico ni físico en ningún orden. En este escrito me remito a las familias convencionales.
Cuando esto es habitual en el código familiar las disculpas y la explicación no duran más de unos minutos (cortos) y se pasa a otro tema.
Al hacerse esto algo rutinario incorporado a nuestro orden familiar, una forma más de comunicación nos ponemos sobre el tapete, qué quiero decir con esto…que estoy vulnerable a la mirada del otro y en este caso ese otro es nada más ni nada menos que mi/s hijo/s. Exige entonces de mi parte una autoridad más firme. ¿La autoridad de decir SI/NO? No, esa que es fundamental, que nos permite acercarnos cuando es posible, jugar, hacer chistes, ponerse a la par y en 5 segundos tener la capacidad de cambiar de rol. Volvernos papás fuertes e intransigentes.
¿Ejemplo concreto? Domingo a la mañana los chicos pequeños se pasan a nuestra cama. Comenzamos a jugar, cosquillas, chistes, risas, pasan los minutos y los niños comienzan a no poder controlar los impulsos. Comienza un poco de descontrol y en ese momento sin darnos cuenta una cosquilla fue más fuerte y los pellizcamos. ¡Llanto! Nos puede hacer sentir mal, nos damos cuenta que se nos fue la mano. ¡Uh! ¡Perdón hijo! ¡Se me escapó! Puede suceder una respuesta con intenciones de culpa… ¡Ah! ¡No! ¡¡¡Vos siempre me hacés lo mismo!!! ¡¡¡Ahhhhhh!!! ¡¡¡Sos malo!!! Tenemos dos posibilidades de reacción: “No, hijo, perdón, fue sin querer…beso, beso”…etc.…que nos deja en ese lugar de la culpa y en supuesta falta o la segunda que puede ser más enriquecedora para ambos: Bueno, ya te pedí disculpas, fue sin querer. Estábamos jugando. En otro momento te puede pasar a vos. Y hacer caso omiso al llanto, pararse, salir de esa escena y cambiar de tema. Punto.
Este por supuesto es un ejemplo muy sencillo y casi habitual a fines didácticos pero según los momentos familiares, los contextos y las edades pueden observarse más complejos.
La autoridad es fantástica, porque quiere decir que sé de algo. Si voy a una conferencia espero que la persona que la imparte “tenga autoridad” para hacerlo, quiere decir que espero que sepa de qué va a hablar y me resulte interesante. Voy porque confío que van a guiarme para aprender algo más. Si en cambio voy y resulta que el profesor dice, “miren, la verdad no sé muy bien por qué me invitaron, yo pasaba y me llamaron, leí algunas cosas pero”… Esa escena me resultaría decepcionarte, dejaría de confiar en esa institución que lo convocó y obviamente en la persona, posiblemente comenzaría a dudar cuando me anote en alguna otra.
Pero si en cambio ese profesor comienza a hablar, aprendo cosas, me capta la atención, hace callar en forma respetuosa a los que conversan y harían que otros no podamos escuchar, veo que es interesante y en algún momento dice, uh! Perdón, me equivoqué en el dato este. No me va a resultar significativo, tomaré nota de la corrección agradeciendo que se haya tomado la molestia de corregir algo que seguramente sino hubiese aprendido mal.
Comunicación, a través de la mirada, del
cuerpo, de las palabras.
Acercarse y alejarse con ritmos y lógica. Un juego fantástico donde todos ganamos.
Nadie nace sabiendo ser padres, por eso no podemos dejar de proponernos aprender en la marcha acompañándonos.
Lic. Laura CollaviniAcercarse y alejarse con ritmos y lógica. Un juego fantástico donde todos ganamos.
Nadie nace sabiendo ser padres, por eso no podemos dejar de proponernos aprender en la marcha acompañándonos.
Psicopedagoga
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